Reseña Sobre Panorama de las casas y lo inflamable de Martín Zúñiga

PARA EMPEZAR, DIGAMOS que esta es una antología temática de la obra poética de Zúñiga. Sirva el título como advertencia sobre la innegable carga metafórica con que el autor condiciona la lectura de los poemas incluidos en las dos secciones que componen el presente volumen; de igual forma, el texto liminar procura construir directrices sobre cómo los poemas van elaborando el entramado temático con el que se justifican tanto el título de las secciones como la viñeta en la portada. Pues bien, la idea de lo perecible y lo habitable parece aproximarse a cada uno de los textos como si tratara de una doble hélice que unas veces los sobrevuela y otras llega a perforarlos hasta tocar el núcleo mismo del poema; esta doble hélice, existencia y destrucción, crea el conflicto y la tragedia dentro de la ficción poética, promueve esa tensión tan valiosa al momento de acercarnos al hecho en sí: muy pronto y sin previo aviso se destruye lo que es, pero mientras tanto se le habita, y es esta residencia la que crea vínculos y, ulteriormente, añoranza. No creo haber leído todos los libros anteriores de Zúñiga, apenas un puñado (GaviaPequeño estudio sobre la muerteNo siga a ese pájaro), así que no puedo afirmar si tenían, de antemano, aquella carga simbólica o esto es algo que se les adosa, en parte por lo argumentado en el prólogo, en parte por el diálogo entre los poemas. Es un mérito, entonces, este nuevo orden que el autor propone para comprender el conjunto y hacer más sólido su proyecto. Y es que la idea de lo habitable, a través del libro, va siendo estudiada desde perspectivas distintas, no solo desde lo espacial (una habitación, una casa, una ciudad), sino también desde lo temporal, lo generacional, lo emocional, etc. Si tuviéramos que imaginar un yo poético construido de manera artificial debido al orden artificial de toda antología, podríamos decir que este, en particular, va ingresando y saliendo de diversos lugares, no todos concretos, no todos habitables, no todos inocuos. Entra y sale como si se tratara de un laberinto que va adquiriendo un aire hogareño; desde ahí el yo poético enuncia sus certezas:

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[…] Y siempre las casas del porvenir son más sólidas y claras
que las casas de la memoria. […]

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Los lugares donde se habita van alternando sus naturalezas; también continente y contenido. El yo poético no es solo el lugar donde el amor puede albergarse, sino es además prisionero de otros sistemas. En el primer poema, por ejemplo, se propone la tradición literaria peruana (o su canon) como una de estas dimensiones aptas para ser habitables e incluso disfrutables. Las influencias que tocan profundamente al yo poético son consignadas en forma de citas; encontramos un buen número de fragmentos proporcionados por una tradición («Los respectivos y castos genitales», «Para mí siempre tendrás veinte años», «Cada uno recuerda su primera caída», «El vaso de agua de tu cuerpo y los dos reales de tus ojos nuevos», et al.) donde el yo poético se siente a gusto y a través de las cuales logra dar coherencia a un discurso a primera vista caótico pero, al igual que el mobiliario de una casa, se va organizando hasta hacer sentido y, sobre todo, comunicar algo:

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[…]
Los pasillos pintorescos del pabellón de neoplásicas no el amor la lealtad de presidio
Blancos como una iglesia o un comercio no el amor recuerdo tus poemas Viejo fioca
Tu tía su vía conectada al hemodiálisis no el amor mis nuevas aguas apagadas
Tu tía le dices iré por una gaseosa no el amor algo de Flora de Fauna de Pic Nic
[…]

(p. 17)

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Todo aquello que resulta influenciar al yo poético es una suerte de habitante de su ser. Sus sentidos son, en todo caso, una puerta de acceso a la interioridad. Esta dinámica entre habitante y habitación es el punto neurálgico en esta antología: el yo poético encuentra así un ritmo de entrada y salida, una progresión en sus amplitudes, ya sea cuando acoge un estímulo o cuando se encuentra acogido por algo más grande que él, como la convicción de pertenecer a un país o a una especie. Los estímulos son varios. El sonoro, por ejemplo, al que permite ingresar sin ningún reparo:

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………………………………………………….[…] Esa es
la melodía que le corresponde
un charango incoloro
un violín ingrávido y afiebrado
un arpa rajada y vendada con bolsas plásticas,
una canción abierta
como un mausoleo desde adentro
[…]

(p. 22)

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[…]
El encuentro desnuda mi viaje acústico para adentro
……………………………………………….Aquí no hay puertas
Para llamar, ventanas que fragmentar El mundo te llama del otro lado
[…]

(p. 30)

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O el gustativo:

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[…]
cuando cocino el sabor depende
para quien sea y que tal me caiga.
cuando cocino para mí, por ejemplo,
todo me sale feo, quemado y triste.
cuando cocino para mi madre
todo sabe a leña verde y recojo violetas
en el camino para adornar su lápida
pues como todos saben mamá no está muerta.
cuando cocino para mi padre hay mucho ajo
y pólvora y clavos y esquirlas de mercurio.
[…]

(p. 72)

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Todos estos van formando una idea de a dónde pertenece el yo poético, construyen, simbólicamente, un lugar confortable y familiar al cual poder apartarse a descansar. Ese lugar puede ser la patria, quizá una real o una idealizada. El yo poético suele aproximarse a esta idea con cierta desconfianza, va rodeándola y acomodándose hasta que consigue asimilar sus contradicciones o, al menos, convertirlas en materia poética: «Mi país es tan pequeño que si me levanto/ por el lado izquierdo de la cama/ ya soy un extranjero», «La casa es un desorden vacío: imágenes caminando/ por el mundo como en una canción sucia,/ y también cierta». Es así como las dimensiones de lo habitable se van expandiendo. El yo poético crece, no solo en edad o en tamaño, sino también en expectativas. Estas expectativas parecen señalar el carácter inconmensurable de lo habitable, pero también de lo que habita en él. Por ello, el presente, con su aparente mensurabilidad, no es un lugar propicio y así siempre se está evocando el pasado o esperando con ansiedad el futuro y su promesa. El amor, por ejemplo, solo puede apreciarse fuera del tiempo actual, con lo que su beneficio y su daño se dan a partir de la evocación o el deseo. El corazón, tomado como habitación de un amor en retrospectiva o en perspectiva, no posee una amplitud propicia, sino que sus dimensiones se reducen hasta tornarse insuficientes:

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[…]
El corazón es un lugar pequeño en verdad
y por lo tanto en él caben solo
pequeñas cosas
[…]

(p. 67)

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Lo mismo ocurre con todo aquello que habitó en el instante y luego es condenado a habitar (y ser recordado) en una fotografía o en un recuerdo fugaz. En este punto ingresa la noción de lo inflamable, para unirse a lo habitable y formar la doble hélice, el caduceo donde se entrelaza lo que existe y lo que ha dejado de ser. La antología de Zúñiga registra este movimiento con destreza.

Cristhian Briceño Ángeles. Lima, 1986. Estudió Literatura en la UNMSM y Literaturas extranjeras en la UBA.

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